Cuando le explicamos a un paciente bipolar en qué consiste su enfermedad, solemos recurrir al argumento simplista de “es una enfermedad en la que se alternan fases de depresión y de euforia”. Pues bien, resulta que eso no es del todo cierto: del mismo modo que no es correcto identificar tristeza y depresión –recordemos: hay tristeza sin depresión y depresión sin tristeza-, tampoco lo es identificar manía con euforia o alegría. Es cierto que, sobre todo en las fases de hipomanía –más que en las de manía-, la euforia puede ser una de las emociones dominantes; el paciente hipomaniaco tiende a interpretar todo lo que le sucede de un modo (excesivamente) positivo, es tremendamente optimista hacia el futuro, tiene una confianza exagerada en sí mismo y no valora las consecuencias negativas de su conducta. En cambio, en muchas ocasiones, el paciente maníaco no está en absoluto contento o eufórico, y sí agitado, nervioso, irritable, intolerante, etc. Ello nos da una idea de la complejidad de las fases maníacas. La manía no es euforia; es exaltación, exageración, inquietud. El síntoma que mejor define a la manía es la exaltación emocional. La manía actúa como un amplificador de cualquier emoción. Por ello, durante la manía, el afectado padece todas las emociones con una intensidad desproporcionada. No únicamente la alegría, también la tristeza o la ira se intensifican. El paciente tiene la sensación de ser más sensible a todo, esto es, de percibir de forma más intensa cualquier sensación, sentimiento, percepción o deseo.

Como su nombre indica, la hipomanía es una presentación atenuada de la manía. En general, los síntomas pueden ser los mismos que en el caso de la manía, pero con menor intensidad. Sólo hay una excepción: los síntomas psicóticos. En una hipomanía nunca se pueden presentar síntomas psicóticos. De hecho, si se presentan, se cambia el diagnóstico por el de manía.

Para algunos pacientes, la hipomanía puede resultar un estado extremadamente agradable, sobre todo en las primeras fases, en las que las personas pueden incrementar su actividad sin fatigarse, están más creativos, más divertidos, tienen más éxito social, suelen “ligar” más, rinden mejor en su trabajo, etc… El problema es que la hipomanía es un estado extremadamente inestable, que tiende a ir a peor con el paso de los días, de forma súbita, por lo que lo que en un principio era agilidad mental rápidamente se convierte en confusión y fuga de ideas, lo que era un agradable aumento de energía se convierte en inquietud, el aumento de sociabilidad se convierte en una conducta social inadecuada, las ideas brillantes pueden tornarse bruscamente en síntomas psicóticos, etc… En otros casos –en lo que después conoceremos por pacientes bipolares de tipo II-, la hipomanía no evoluciona a manía, sino que pasa directamente a depresión. En cualquier caso, como vemos, la hipomanía, como los melodramas, siempre acaba mal.

El aumento de la autoestima es una característica típica de los cuadros de hipomanía, y de algunos de manía. En principio, puede parecer “positivo” que la autoestima del paciente aumente –de hecho, muchos psicólogos se intentan ganar la vida con ese objetivo-, ya que este aumento de la autoestima puede traducirse en ganar mayor seguridad, responsabilizarse más, integrarse mejor en el medio social y tener más claros los pasos a seguir para alcanzar determinados objetivos. Lamentablemente, en el caso de un paciente (hipo)maníaco, sucede todo lo contrario; el aumento de autoestima del paciente (hipo)maníaco carece de autocrítica y es del todo ficticio y reversible –de hecho, desaparece cuando tratamos el cuadro o bien desaparece por si sólo convirtiéndose muchas veces en grandiosidad o megalomanía delirante si no tratamos el cuadro-, le lleva a comportarse de un modo absolutamente irresponsable, hace que se comporte de un modo inadecuado, le aísla socialmente y le desvía de la consecución de sus objetivos a largo plazo.

No obstante, a menudo sucede que el síntoma predominante es la irritabilidad, la sensación de incomodidad, la excesiva contrariedad ante acontecimientos adversos de importancia moderada y la tendencia a la agresividad física o verbal. Es lo que conocemos como “manía disfórica” y suele comportar un gran sufrimiento al afectado y a las personas que le rodean.

En otros casos, lo predominante es la labilidad emocional, es decir, la fluctuación constante entre la alegría y la tristeza, lo que puede confundir a muchos pacientes y sus familiares, que pueden dudar entre sí se trata de una manía o una depresión.

Un aspecto crucial de la manía, en el sentido de que dificulta terriblemente su tratamiento en la mayoría de las ocasiones, es la ausencia de la conciencia de enfermedad. Muchas veces, el paciente no puede creer que aquél momento de su vida que él está identificando quizás como “una de mis mejores épocas” o “un cambio positivo de personalidad” es en realidad una enfermedad grave que requiere tratamiento, y por ello no va a aceptar tomar fármacos. Ello provoca que cada día esté peor, más alejado de la realidad y con conductas más arriesgadas tanto para él como para los demás. A su vez, el estar cada vez más ajeno a la realidad provoca que cada vez juzgue como menos necesario tomar medicación. El paciente está cada vez más maníaco porque no toma medicación, y se niega a tomar medicación porque está cada vez más maníaco. Es una de las “espirales de realimentación” de la manía, pero existen algunas más, como veremos más adelante.

En la manía disminuye la percepción de la necesidad de dormir; la persona que está (hipo)maníaca no percibe prácticamente nunca la sensación de cansancio. Conviene no confundir este síntoma, típicamente (hipo)maníaco, con el insomnio, más típico de la depresión y las fases mixtas. El paciente con insomnio quiere dormir pero no puede mientras que el paciente (hipo)maníaco no quiere ni puede dormir (aunque, desde luego, ¡¡DEBE dormir!!). Lo que suele suceder es que el paciente (hipo)maníaco está tan ocupado con los cientos de planes que tiene, con las decenas de actividades en las que se implica y se siente tan activado físicamente, que no encuentra el momento para irse a la cama. Y en el caso de que se vaya a la cama, probablemente estará demasiado estimulado para conciliar el sueño. En el caso de la hipomanía, el paciente suele levantarse muy pronto –activado para realizar sus grandiosos planes- y acostarse muy tarde, pudiendo dormir 4 o 5 horas por noche, sin tener sensación de cansancio. En el caso de las manías más graves, el paciente puede pasarse varios días sin dormir.

La forma de hablar del paciente (hipo)maníaco suele ser muy característica, en el sentido que suele “hablar por los codos”, que es lo que técnicamente denominamos “verborrea” o “logorrea”, pero además lo hace de un modo muy rápido, a veces incluso comiéndose palabras (a esta velocidad aumentada del habla la denominamos “taquilalia”) y con un volumen muy alto. El discurso suele caracterizarse por chistes, intromisiones en la vida del otro, comentarios inadecuados, juegos de palabras e impertinencias divertidas. La persona puede mostrarse teatral, con manierismos dramáticos y cantos. Si el estado de ánimo es predominantemente irritable el discurso estará marcado por quejas, comentarios hostiles o ataques verbales a los que le rodean (lo que denominamos “heteroagresividad verbal”). En los casos más graves, el paciente cambia constantemente de tema sin respetar la coherencia de su discurso (“descarrilamiento”) o inventa palabras (“neologismos”). Sobra decir que, en la mayoría de las ocasiones, el paciente no es consciente de este cambio en su modo de comunicarse o, si lo es, se limita a señalar que “he mejorado mi facilidad de palabra” o “tengo labia”.

Como sucede con el habla, también el pensamiento está acelerado (lo que denominamos “taquipsiquia”). En un primer estadio de la hipomanía, esta aceleración puede ser incluso útil, funcional y aportar a quien lo “sufre” mejores resultados laborales o más creatividad. Lamentablemente, este aumento de la fluidez del pensamiento es transitorio y desemboca inevitablemente en confusión, ideas incoherentes y “fuga de ideas”. Los pensamientos son más rápidos de lo que pueden ser verbalizados o comprendidos por uno mismo. Esto puede llegar al extremo de que el pensamiento sea completamente desorganizado, con lo que el paciente acaba por tener la desagradable sensación de que no puede controlar ni ordenar sus pensamientos, que se le escapan. El pensamiento (hipo)maníaco se caracteriza por saltar desordenadamente de un tema a otro, sin poder llegar a centrar su atención en nada concreto. Algunos pacientes definen su distraibilidad (hipo)maníaca como “intentar escuchar tres o cuatro emisoras de radio a la vez; al final no te enteras de nada”.  Es lo que denominamos “trastornos del curso del pensamiento”; alteraciones de la forma en que pensamos, que están presentes junto a los “trastornos del contenido del pensamiento” –alteraciones de lo que pensamos-.

Una de las cosas que resultan más evidentes al ojo de cualquier persona –aunque no tenga experiencia en la práctica de la psiquiatría- al observar una persona maníaca es la incapacidad de ésta para permanecer quieta. Generalmente, el paciente maníaco explica que no puede permanecer inactivo o quieto durante largo tiempo –y los profesionales lo observamos a diario al realizar entrevistas con pacientes maníacos, que a menudo se levantan, se mueven por el despacho o incluso realizan ejercicios gimnásticos-, tiene dificultad, por ejemplo, para permanecer sentado viendo una película, leyendo un libro o manteniendo una conversación. Es lo que los profesionales denominamos “inquietud psicomotriz”, y es muy frecuente en todos los tipos de manía, aunque no tiene porqué aparecer durante la hipomanía.

La conducta del paciente maníaco se caracteriza, entre otras cosas por la escasa o nula percepción del riesgo, lo que lleva al paciente maníaco a implicarse en actividades asociadas a un peligro potencial considerable, como por ejemplo la conducción temeraria de vehículos o realizar deportes peligrosos sin tener la adecuada preparación. Tampoco valora otros tipos de riesgo, por lo que puede hacer grandes inversiones sin tener ninguna certeza de recuperar su dinero.

En algunos pacientes es frecuente el aumento del deseo sexual, pero no en todos. Las alteraciones del deseo sexual pueden variar en función de la gravedad del cuadro. Algunos pacientes sencillamente hablan más de sexo, hacen más bromas “picantes”, cometen indiscreciones que antes no solían o sienten la necesidad de aumentar la frecuencia de relaciones sexuales con su compañero/a habitual, mientras que en otros casos más graves, el paciente puede realizar prácticas sexuales de riesgo, infidelidades, hacer un consumo compulsivo de pornografía y servicios de prostitución o cambiar de opción sexual. Esta característica, unida a la escasa valoración de las consecuencias negativas de la conducta hace que muchas personas tiendan a romper sus relaciones afectivas durante los episodios de manía y se impliquen en prácticas con alto riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual.

El gasto desmesurado de dinero (que denominamos “prodigalidad”) es también una característica muy común de la hipomanía y la manía. Desde los pacientes hipomaníacos que “tan sólo” gastan 20 o 30 euros en una tienda “Todo a 1 euro” hasta el paciente maníaco que se compra un par de coches carísimos (en ocasiones sin tener tan si quiera permiso de conducción) o solicita un crédito para realizar una alocada inversión que sólo él encuentra rentable lo cierto es que, en mayor o menor medida, la mayoría de los pacientes tienden a gastar más de lo necesario durante la (hipo)manía.

Otro problema común durante la (hipo)manía es el consumo de tóxicos; el paciente (hipo)maníaco busca frecuentemente aumentar la estimulación, por lo que no es raro que consuma alcohol, cocaína o anfetaminas. Por el mismo motivo, muchos pacientes (hipo)maníacos presentan conductas de juego patológico (“ludopatía”), que a veces persisten una vez terminado el episodio.

Aproximadamente la mitad de los pacientes bipolares presentan síntomas psicóticos cuando están maníacos. Estos síntomas psicóticos, consistentes en delirios (creer firmemente en algo absurdo o imposible) y alucinaciones (percepciones sin objeto) pueden ser “congruentes con el estado de ánimo” o “no congruentes con el estado de ánimo”. En el primer caso encontramos los delirios de grandeza en el que el afectado suele otorgarse facultades, méritos o identidades que no le pertenecen. A este tipo pertenecen delirios como “soy el mejor futbolista del mundo” (algo falso para toda la población mundial menos para Ronaldinho, por supuesto), “tengo superpoderes”, “hablo el lenguaje de los animales” o “soy Dios”. En otros casos, encontramos los delirios “no congruentes con el estado de ánimo”, que suelen ser de perjuicio (“hay un complot contra mí”, “la mafia me persigue”) o de catástrofe (“mi familia está toda enferma de cáncer”, “el mundo se acabará la semana que viene”). El paciente maníaco puede llegar a interpretar los esfuerzos bienintencionados de su familia para que se tome el tratamiento, como una “conspiración”, como reflejo de la “envidia” que sienten hacia él o como parte de la supuesta necesidad de controlarlo todo que tiene la familia. Esta desconfianza hacia la familia y hacia las personas que le rodean puede llegar a alcanzar, en el caso de las manías con síntomas psicóticos, el nivel de delirio, en el que el paciente puede llegar a estar convencido de que existe una trama para perjudicarle, de que su familia le desea algún mal o de que están bajo la influencia de poderosas fuerzas malignas.