Cualquier tratamiento farmacológico sigue unos rigurosísimos estudios antes de ser comercializado. Estos estudios, que incluyen investigación en laboratorio, con animales y con personas tanto sanas como enfermas que se prestan voluntarias a los mismos, tienen por finalidad comprobar la seguridad, tolerancia y eficacia de los nuevos fármacos. Un fármaco es seguro cuando se comprueba que no puede dañar al paciente que lo toma. La tolerancia de los efectos secundarios del fármaco es otro factor clave en estos estudios, sobre todo en relación con la acción terapéutica que se persigue; aunque algunos fármacos tienen efectos secundarios muy importantes, también se valora si “vale la pena” tomar ese fármaco sopesando de un lado las molestias y del otro los beneficios. La cobaltoterapia es un tratamiento imprescindible para algunos tipos de cáncer; sus efectos indeseables son muy importantes –entre otros caída del cabello, vómitos- pero sus efectos terapéuticos lo son más: salvar una vida. En este caso, queda muy claro que “vale la pena”. La mayoría de pacientes que están tomando carbonato de litio experimentan molestias en forma de temblor en las manos o diarrea, cuya gravedad oscila entre leve e importante; la mayor parte de pacientes toleran muy bien estas molestias si lo comparan con las molestias que ocasiona no tomar litio: recaídas constantes, hospitalizaciones, pérdida del trabajo, etc… Nuevamente queda claro que “vale la pena” aguantar estas molestias.

El tercer objetivo de los estudios clínicos sobre un fármaco es determinar su eficacia, es decir, si sirve para mejorar o eliminar los síntomas a los que va dirigida. Pero un fármaco no sólo ha de demostrar que es “mejor que nada”; debe demostrar también una eficacia igual o superior  a los fármacos que ya se están utilizando en esa enfermedad.

Todos estos estudios, que representan un coste económico altísimo para las empresas que los llevan a cabo nos permiten asegurar que los medicamentos que llegan a la farmacia son tratamientos “de verdad”, y no un engaño.

Algo similar ocurre con los tratamientos psicológicos; aunque la realización de estudios de eficacia tiene una menor tradición en psicología que en medicina, hoy en día ya se están llevando a cabo en todo el mundo distintos estudios con este objetivo, para desterrar de una vez por todas la idea del “todo sirve” tan extendida entre la población general respecto al psicólogo y que provoca no pocas bromas comparando la función de éste con la de profesionales de otros gremios como la barbería/peluquería, la conserjería, el clero o los taxistas, profesiones todas ellas muy honradas pero con fines muy distintos a la psicología. La intervención psicoterapéutica debe estar siempre basada en estudios que demuestren su eficacia con un número importante de pacientes, olvidándonos ya de la intervención “intuitiva” o “mágica” que tan extendida esta entre algunos psicólogos y tanto daño ha hecho a la profesión.

No demostrar la eficacia de determinadas psicoterapias y seguir usándolas se diferencia en muy poco de una estafa.

Vemos, por lo tanto, que sólo el método científico puede ayudarnos a distinguir lo útil de lo inútil o engañoso. A pesar de ello, hoy en día proliferan los tratamientos sin ninguna base científica que se presentan a sí mismos como curativos, siendo en el mejor de los casos inocuos y en la mayoría de las ocasiones un engaño que puede comportar un grave perjuicio para la salud del crédulo que a ellos se confía.

Hay muy pocas maneras de hacer una cosa bien y casi infinitas de hacerla mal. Quizás esto pueda explicar porqué es casi infinito el número de pretendidas “terapias alternativas” para la patología mental o el sufrimiento psíquico. Tan originales como absurdas, tan creativas como inútiles, tan seductoras como engañosas, tan “humanitarias” como costosas existen miles de “alternativas de tratamiento” para los enfermos bipolares que los profesionales de la salud mental conocemos demasiado bien, por desgracia, debido a las consecuencias devastadoras que éstas han tenido sobre muchos de nuestros pacientes.

Una definición estricta pero valida de “tratamientos alternativos” rezaría que son todos aquellos que no quedan dentro del conjunto de posibilidades terapéuticas contempladas por la comunidad científica para una enfermedad concreta. En el caso de los trastornos bipolares, entendemos por tratamiento estándar la mayoría de tratamientos farmacológicos y la terapia electroconvulsiva. Entre las terapias psicológicas, únicamente la psicoeducación tanto para pacientes como para familiares, la terapia cognitivo-conductual y la terapia interpersonal han demostrado su eficacia en el ámbito de los trastornos bipolares.

Respecto a las terapias psicodinámicas, como el psicoanálisis, cabe decir que, si bien pueden ser útiles para elaborar determinados aspectos de la personalidad de un individuo –sobre todo si no padece ningún trastorno mental- y que, en su época –primera mitad del siglo XX- constityó una auténtica revolución social y cultural, hasta el momento no han mostrado ninguna eficacia en el tratamiento del trastorno bipolar. Es más, en no pocos casos este tipo de terapia induce cierto empeoramiento de los síntomas dado el alto estrés al que se ve expuesto el paciente durante estas “terapias”. Además, la mayoría de estos abordajes insisten –contra toda evidencia empírica y el sentido común- en la importancia de entender el trastorno bipolar como una consecuencia de los traumas y conflictos emocionales del paciente, dejando a un lado la verdadera etiología de la enfermedad, de carácter biológico, culpabilizando al paciente y a su familia y en algunos casos intentando sustituir el tratamiento farmacológico que, como ya sabemos, es imprescindible en esta enfermedad. Todo ello lleva a aumentar el número de recaídas de los pacientes. En algunos casos, puede tener sentido incorporar algunos elementos clásicos de las terapias psicodinámicas a la terapia psicológica estándar, pero sin perder de vista el modelo médico.

Más grave es el caso de las terapias de tipo místico-religioso-espiritual-esotérico-orientalista. Por una lado porque no han demostrado ninguna eficacia ni utilidad. Por otra parte, dado que no hace falta ninguna titulación oficial para ejercer como “terapeuta”, en la mayoría de los casos este tipo de intervenciones supuestamente curativas son llevadas a cabo por personas sin ninguna formación en psiquiatria o psicología clínica, siendo terreno abonado para el ejercicio de ignorantes –en el mejor de los casos-  y timadores. Tampoco es descartable que este tipo de intervenciones sean, a posteriori, la puerta de entrada a movimientos sectarios que se nutren básicamente de personas con algún tipo de patología psíquica, aprovechándose de su desamparo y desesperación. Este fenómeno se ha convertido en un auténtico problema en paises como Estados Unidos e Italia y, probablemente, no tardará en llegar a España.

Respecto a la homeopatía, hay que decir que, de momento, no ha demostrado ninguna eficacia en el tratamiento de los trastornos bipolares. La principal ventaja de estos tratamientos es que producen tan pocos efectos secundarios como un vaso de agua. El principal problema es que su eficacia terapéutica es similar también a la de un vaso de agua, según lo demostrado hasta la fecha. Un paciente bipolar tratado únicamente con homeopatia es sinónimo de recaída en breve.

Nuestra salud es algo demasiado serio para dejarlo en manos de la opinión, la intuición, la inspiración o las creencias. Sólo la experiencia repetida, la comunicación entre profesionales, la comprobación empírica de resultados y la busqueda del progreso constante –esto es la ciencia- garantiza que el paciente recibirá el mejor tratamiento posible. Esta es la mejor manera que tenemos los profesionales de respetar a nuestros pacientes como personas y de intentar ayudarles y, por nuestra parte, la única opción responsable como seres humanos.