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La enfermedad mental existe desde que el hombre es hombre. Y, contrariamente a lo que mucha gente cree, la enfermedad mental es universal, sin discriminar entre sociedades más avanzadas o países en vías de desarrollo. Personas de distintas procedencias geográficas, tradiciones culturales y estratos socioeconómicos tienen las mismas probabilidades de padecer un trastorno psiquiátrico Este carácter universal y atemporal de los trastornos psiquiátricos se puede explicar únicamente por su origen biológico: todos los trastornos mentales tienen su origen en el cerebro. Esta afirmación, que puede sonar a perogrullo, descarta otras causas que históricamente han sido planteadas por las distintas escuelas de la psiquiatría y la psicología y que hoy en día han quedado del todo obsoletas. Los hallazgos sobre alteraciones en los neurotransmisores, cambios neuroendocrinos, o los avances en neuroimagen de los distintos trastornos mentales descartan por completo aquellas teorías que presentaban los trastornos mentales como consecuencia de un trauma infantil, un problema educativo o una fijación sexual. Estas teorías de origen psicoanálitico forman parte de la historia de la psiquiatría, una parte decisiva e imprescindible, y su aportación a nuestro entramado cultural es innegable e impagable. Pero hoy en día son sólo eso, historia.

Cuando hablamos de trastornos mentales –según lo dicho anteriormente para hablar con propiedad deberíamos usar el término “enfermedades cerebrales”- nos referimos a un conjunto de comportamientos, pensamientos y emociones que causan sufrimiento y desadaptación en aquél que los sufre y que no son decididos de forma voluntaria. Los trastornos mentales más frecuentes son, sin duda, los trastornos del estado de ánimo; una de cada cuatro personas padece una depresión o un trastorno bipolar –los dos tipos más frecuentes de trastornos del ánimo.

Si bien la mayoría de la gente sabe –o, mejor, cree saber- qué es una depresión, existe aún hoy un gran desconocimiento sobre qué es un trastorno bipolar. El trastorno bipolar –antiguamente denominada “psicosis maníaco depresiva- se explica por una alteración de las áreas de nuestro cerebro responsables de que nuestras emociones sean estables. La persona que sufre un trastorno bipolar ve como su estado de ánimo oscila a lo largo de su vida, de forma brusca y sin razón aparente, entre la desesperación, falta de energía, intensa tristeza, desinterés absoluto por el entorno y exceso de sueño –que es lo que conocemos como depresión- y otras etapas caracterizadas por la hiperactividad, la irritabilidad, el exceso de energía, pensamientos de grandiosidad, disminución de la necesidad de dormir y –por ejemplo- gastos económicos excesivos y sin sentido –que la psiquiatría denomina “manía” o “hipomanía” según su intensidad.

Algunas de las más destacadas figuras de la pintura –caso de Van Gogh o Pollock-, la música –Schumman, Berlin o el bajista de jazz Charles Mingus-, la literatura –Herman Hesse, Virgina Wolf o Victor Hugo- o la política –el caso más celebre, sin duda, Sir Winston Churchill- padecían un trastorno bipolar, enfermedad que muy a menudo ha sido vinculada a la genialidad. A pesar de ello, el trastorno bipolar es, según datos de la Organización Mundial de la Salud, la sexta causa de discapacidad en el mundo. Implica un importantísimo gasto sociosanitario, en forma de bajas laborales, ingresos hospitalarios, consultas médicas –tanto ambulatorias como de urgencias- y consumo de fármacos. Pero sin duda la estadística más alarmante es la que nos dice que entre un 5 y un 20% de estos pacientes se suicidan.

Afortunadamente, hoy en día contamos con tratamientos farmacológicos y psicológicos que han mostrado una gran eficacia en la estabilización de los trastornos bipolares; entre los nuevos tratamientos farmacológicos sobresalen los llamados “antipsicóticos atípicos”, como la quetiapina o la olanzapina, fármacos que, en cominación con el litio y otros estabilizadores, permiten un tratamiento integral de todas las fases de la enfermedad. En cuanto a tratamientos psicológicos, contamos con la psicoeducación, que ha demostrado su eficacia para, junto a los fármacos, reducir de forma contundente el número de recaídas e ingresos. Gracias a estos tratamientos, el trastorno bipolar, a pesar de seguir siendo una enfermedad crónica, se puede mantener aceptablemente compensado durante largos periodos, permitiendo a muchos pacientes llevar a cabo la reintegración completa de su funcionamiento sociolaboral, su estabilidad y su bienestar.

Nuestro estado de ánimo tiende a ser regular. Es decir, cada día nos sentimos aproximadamente –sólo aproximadamente- igual que el anterior; habrá quien tienda, de un modo natural, a sentirse más contento, optimista y enérgico y habrá otras personas que “por carácter” tengan un tono vital algo más bajo y quizás sean más pesimistas. Por supuesto, todos pasamos por pequeños altibajos: épocas o días en los que, sin razón aparente, nos hemos levantado con el ánimo especialmente elevado y con gran disponibilidad de energía, y otros días en que, por el contrario, nos levantamos con el pie izquierdo (o con el derecho, si somos zurdos) y andamos a medio gas todo el día. Esto puede deberse a factores muy diversos que incluyen la salud física, el clima, la época del año, las horas de sueño o, en el caso de las mujeres, la menstruación, entre otros muchos factores. Por otro lado, es obvio que todo aquello que nos sucede afecta de un modo u otro a nuestro estado de ánimo; es lógico que si alguien tiene problemas con su jefe, su marido (el suyo, no el marido de su jefe) o sus estudios pueda sentirse más cabizbajo o preocupado y que, por el contrario, si ha recibido una buena noticia, está de vacaciones o ha ganado una cuantiosa suma de dinero, se sienta más contento. Todo esto constituye lo que los psicólogos y psiquiatras llamamos “variaciones normales del estado de ánimo”.

El estado de ánimo es algo variable, cambiante, pero no aleatorio o casual: todas nuestras variaciones anímicas –normales o no- tienen una explicación. El problema es que la mayoría de las veces desconocemos cuál es, ya que en muchas ocasiones la causa de nuestras variaciones no se encuentra fuera de nuestro cerebro, sino dentro de nuestro cerebro o mejor dicho la causa de nuestras variaciones es nuestro cerebro. El cerebro es la víscera de nuestro cuerpo encargada, entre otras cosas, de dar significado emocional e intelectual a los estímulos tanto externos como internos. Conviene no confundirlo con la “mente”; “mente” es una de las cosas que “hace” el cerebro, es una de las formas de palpitar de nuestro cerebro. O, dicho de otro modo, nuestra mente es producto de nuestro cerebro y de sus interacciones con el exterior. Confundir ambos conceptos es frecuente, sobre todo porque la propia psiquiatría y psicología tienden a inducir confusión. Por ejemplo, lo que conocemos popularmente como “enfermedades mentales” debería ser redefinido –para ser coherentes con los conocimientos de los que disponemos hoy en día- como “enfermedades cerebrales” ya que en su mayor parte son producto de alteraciones orgánicas (del cerebro) y no psicológicas (de la mente), aunque a veces resulta complicado poner la barrera entre ambas. Nuestro cerebro –y en principio el suyo también- es, entre otras cosas, una máquina de realizar inferencias y de explicar situaciones, de tal forma que  tiende a intentar explicar un fenómeno a pesar de no tener todos los datos disponibles para ello: es por ello que todos tendemos a explicar nuestro estado de ánimo a partir de hechos exteriores (“estoy triste porque no me realizo en mi trabajo”) en vez de limitarnos a describirlo (“estoy triste”). Muy poca gente explica su estado de ánimo a partir de alteraciones bioquímicas o cambios en el funcionamiento cerebral y, de hecho, nos sonaría bastante extraño en una conversación informal que alguien nos dijera “tengo la serotonina por los suelos, estoy hecho polvo”, aunque ello fuera quizás más realista, ya que la causa de la mayoría de alteraciones anímicas se encuentra en los mecanismos cerebrales responsables de regular las emociones.

El trastorno bipolar es una enfermedad que afecta, precisamente, a estos mecanismos encargados de regular el estado de ánimo. De forma muy rudimentaria, la mayoría de estos mecanismos forman parte del sistema límbico , un área del cerebro que también recibe el nombre de “cerebro emocional” o “cerebro reptiliano” (por su antigüedad filogenética); esta parte del cerebro se encarga de que el ánimo sea estable, regular y coherente con el mundo externo. Cumpliría una función similar a la de un termostato en una vivienda repecto a la temperatura (por eso a nosotros nos gusta llamarle “el animostato”). El sistema límbico de una persona bipolar sufre ciertas disfunciones que le impiden regular el ánimo adecuadamente. Por ello, la persona que está afectada de un trastorno bipolar padece graves alteraciones del humor que no responden a estímulos exteriores. El estado de ánimo de un paciente bipolar descompensado no depende, por lo tanto, de aquello positivo o negativo que sucede en su vida, sino de cambios biológicos que ocurren en su cerebro. Evidentemente los acontecimientos positivos o negativos que le ocurran a una persona que padece un trastorno bipolar afectarán de un modo u otro a su estado  de ánimo aunque, como veremos más adelante, quizás no siempre del modo que sería de esperar.

Pero, ¿qué es el estado de ánimo?. No se sorprenda si ahora mismo usted no puede responder de forma contundente a la pregunta. De hecho, todo aquél que –por razones familiares o laborales- se exponga durante cierto periodo de tiempo a la convivencia con niños ya sabrá lo difícil que resulta dar respuesta a cuestiones aparentemente banales cuando éstas empiezan con los amenazadores “¿Qué es?” y “¿Porqué?” (repetir hasta el agotamiento la pregunta “¿porqué?” es, sin duda, la base de la filosofía y una forma contundente de arruinar una tarde de domingo). No existe una respuesta sencilla; el estado de ánimo es algo tremendamente complejo que va más allá de la polaridad “contento-triste”, que incluye la percepción de un estado emocional de bienestar o malestar, la cualidad optimista o pesimista de los pensamientos,  la sensación de satisfacción o insatisfacción e incluso el bienestar o malestar físico.  Algunos lo definen como los “estados emocionales sostenidos” (magnífico título para un disco de Franco Battiato o cualquier otro cantautor con aspecto trascendente) que colorean la personalidad y la vida psíquica en su totalidad. Algo confuso ¿no? Cuando no sabemos explicar qué es algo, suele ser muy útil –o al menos socorrido- explicar qué no es. Pues bien; el estado de ánimo no es la personalidad –por favor, no nos pregunten qué es la personalidad, ya que necesitaríamos un libro entero para definirla-. Pero si insisten, les diremos que la personalidad es una forma de organizar nuestra relación con el exterior y la percepción de nosotros mismos que depende de varios factores, tanto ambientales –la educación que uno ha recibido, las relaciones con los demás (sobre todo las más tempranas), los acontecimientos que han marcado su vida, etc- como orgánicos –determinada predisposición genética, determinado modo de funcionar de nuestro cerebro (inhibiendo más o menos la impulsividad, siendo capaz de generar respuestas nuevas a viejos problemas, etc…).

Es básico recalcar que, como ya hemos señalado anteriormente, las alteraciones del estado de ánimo que padece un enfermo bipolar dependen, sobre todo, de factores orgánicos y, aunque a muchos familiares y amigos de personas afectadas les pueda parecer que estas alteraciones pueden ser modificadas usando grandes dosis de voluntad y determinación, en la mayoría de las ocasiones la medicación se hace indispensable. A  todos nos parecería extraño, extravagante o ingenuo pretender variar los niveles de creatinina en sangre a partir de tesón o voluntad. Lo mismo ocurre con una depresión u otros episodios de la enfermedad bipolar; aunque la voluntad y la colaboración de un paciente se hacen prácticamente imprescindibles para su curación, de nada servirían sin una medicación adecuada.